Jesucristo, El Buda y el Despertar de la Conciencia

La conciencia, la frontera última y piedra de tropiezo para científicos, neurólogos y filósofos. La sola definición de conciencia les plantea desafíos insuperables.

Jesus y Buda. Autor: Lupita Ortiz.

Jesus y Buda. Autor: Lupita Ortiz.

“Darse cuenta de sí” de la existencia propia, del entorno y la relación con el mismo.

“Pienso, luego existo” en el modelo de Descartes. Los sensualistas dicen “siento, luego existo”

La conciencia es el resultado de la organización del tejido nervioso. Sin cerebro, no hay conciencia. Dicen y repiten con tozudez. Apenas otorgan conciencia limitada a ciertos animales como delfines y perros.

Nos dejan en el desconcierto ¿Si una bacteria, por ejemplo, al alejarse de un medio hostil, o un virus que se reproduce dentro de una célula, es posible que no tengan conciencia, un anhelo, un ansia de SER, un ansia de NO SER? ¿Si lo inanimado, si los átomos y partículas sub atómicas tampoco tienen conciencia cuando se comportan extrañamente sólo cuando los observa un científico?

Algunos físicos se atreven a elucubrar que nos hallamos en una suerte de simulación; o que el universo se ve a sí mismo a través de nuestro entendimiento

No comprenden que la separatividad de la conciencia del todo, es el absurdo que genera el sufrimiento; producto de la mente sensual del hombre, de los instintos animales en colisión con la conciencia que está más allá del entendimiento y de la inteligencia. No saben que entre el universo y nosotros se interpone el yo psicológico, que las maravillas y terrores del intelecto y la civilización del hombre, son como el descubrimiento de un caracol de una gota que llueve del cielo, posado sobre una hoja en la espesa selva amazónica.

La conciencia se refleja en sí misma después que el sagrado inmanifestado, el Ain Soph Aur, a lo largo de toda la creación a través de los Sefirotes de la cábala hebrea, desprendiéndose la chispa divina del seno absoluto del padre, quedando atrapada en Malkut, el Sefirot que representa nuestro mundo físico tridimensional. Debajo de él se halla Oliphoth, el reino mineral sumergido, el infierno de las religiones, el aspecto negativo del árbol de la vida, que sin embargo tiene una función clara: la destrucción del ego animal.

Así nos desenvolvemos en este valle de lágrimas del Samsara, identificados con el mundo ilusorio de Maya, impermanente. En nuestro paso por el ciclo interminable del eterno retorno, de infinitos renacimientos y muertes, condenados a repetir los dramas de una existencia mecánica.

Soñamos, vivimos una vida mecánica en automático, cargados de frustraciones, preocupaciones. Encontramos consuelo en los vicios, en relaciones sentimentales auto destructivas, en alguna promesa religiosa.

En todo esto desplegamos, sin darnos cuenta, nuestro yo psicológico múltiple, caracterizado por la envidia, el temor, el odio, los celos.

Hace 2600 años aproximadamente, un príncipe de un reino en el Himalaya, Siddhartha Gautama, se decidió a encontrar la razón del sufrimiento de todos los seres sintientes para lograr el fin del sufrimiento mismo; logró el estado de Buda, que significa hombre despierto.

Después de peregrinar sin éxito en distintas disciplinas, meditó bajo la sombra de un árbol Bodhi, una higuera de la India que se asocia con la energía sexual.

El demonio, Mara, furioso por el inminente éxito del príncipe, lo tentó con sus hijas; luego le atacó con un ejército que lanzó miles de flechas hacia el maestro, cayendo como pétalos de flor sin tocarlo. Finalmente, el demonio iracundamente enloquecido, se apareció en sí mismo frente al Buda con la misma forma del príncipe, tomándolo del brazo le dijo “Adórame, yo soy tú”. A lo que el maestro le respondió “Al fin te conozco arquitecto de mi propia casa, tú, mi propio YO, declaro ante la madre tierra que eres ilusión” En ese momento el yo, nuestro yo, el diablo, se desvaneció y Siddhartha se convirtió en un Buda a través del sendero medio, marcado por una sola pauta: ¡Atención!

Uno de los discípulos del Buda, Chulapanthaka, se hallaba preocupado porque estaba atrasado respecto a los demás, no comprendía lo profundo de las enseñanzas y no lograba la iluminación. Se acercó al Buda y le preguntó por una herramienta directa para lograr ese estado. El maestro le replicó “¿Cuál es tu trabajo en el templo?” Chulapanthaka respondió “barro el piso maestro”. A lo que el Buda le dijo “entonces barre el piso”

Una campesina que acarreaba agua se acercó al Buda que se hallaba predicando en su aldea. Le preguntó cómo lograr la iluminación. El maestro le hizo la misma pregunta “¿Qué haces en la vida”? La mujer respondió “Acarreo agua maestro”. A lo que el Buda le replicó “Entonces acarrea agua”

El divino maestro de Galilea, Jesús el Cristo, tuvo un diálogo similar con el demonio en el desierto, fue tentado: «Todo esto te daré, si te arrodillas delante de mí». El mí, el mí mismo.

El apóstol Pablo en epístola a los Efesios dice “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te alumbrará Cristo”

En la parábola de las diez vírgenes, Jesucristo muestra que el problema no es el conocimiento, sino la falta de vigilancia. “Manteneos alertas porque no os daréis cuenta cuando el ladrón venga” (nuestra propia mente)

La libertad, la iluminación, la salvación, no se encuentra en las profundidades del conocimiento. La verdad está frente a nosotros cuando abandonamos la ilusión e identificación con el mundo.

Cada detalle de la vida cotidiana de cualquiera, en cualquier parte del mundo, es la herramienta indispensable para el despertar psicológico.

Estado de presencia permanente. Un presente vívido, en el cual “el pensante” en nuestra cabeza, es vigilado constantemente. A esto llaman los neurólogos meta cognición, sin tener ni la menor idea del fundamento, su razón espiritual última ni de cómo lograrlo.

Dice el maestro Samael, que el recuerdo de sí y la auto observación psicológica es algo urgente, inaplazable de desarrollar.

La vida nos presenta un infinito de impresiones tanto externas en relación con los demás, como salidas de nuestro interior, ante las cuales reaccionamos. Todo esto es identificación.

Si nos embarga la preocupación, la tristeza. Si vivimos comparándonos con los demás. Si somos presas del deseo, de la envidia. Cuando reaccionamos con ira.

¡Atención! Es la capacidad de observar nuestros procesos mentales sin tomar partido, sin conflicto, sin conceptos, sin negarlos ni justificarlos. La verdad está ahí, más allá del sueño de nuestro pensador psicológico.

El Buda dijo en el sermón de Benarés, que lo que nos ata al sufrimiento es la ignorancia del yo, y que eliminando al yo se pone fin al sufrimiento.

Jesucristo dijo: Quien quiera venir en pos de mí, que tome su cruz, se niegue a sí mismo y que me siga.

El negarse a sí mismo es la eliminación del yo que representa la ira, el miedo, la lujuria, envidia, avaricia. La cruz es un símbolo absolutamente sexual que representa a la energía creadora transmutada dentro de un matrimonio. Y seguir a Jesús, al Cristo, es llevar una vida de utilidad, sacrificio y servicio por los demás sin ningún interés secundario.

Estos maestros muestran el camino para alcanzar la verdad. Eso que los científicos materialistas no comprenden y que neciamente buscan con lo que pueden medir – con los limitados sentidos.

Ignoran que los pensamientos, que la construcción psicológica son datos que trascienden la materia, que se ubican como información en esas estructuras sub atómicas que los mantienen confundidos, que ni siquiera son materia, que son vacíos y que tal vez no existan, pero conforman este sueño perverso y terrorífico que llamamos realidad.

Rafael Merazo

Rafael Merazo

Imagen: Jesus y Buda. Autor: Lupita Ortiz.

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