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Libro: Tláloc, el vino que bebe la tierra

Capítulo 2. El Maestro Tláloc

Capítulo 2. El Maestro Tláloc

A través de todos los tiempos, cada cultura en su época de esplendor, ha rendido culto a los seres divinos; este respeto y veneración es clara evidencia que se manifestaba una época de oro en estos grandes pueblos de la antigüedad.

Decenas de nombres les hemos dado, pero todos ellos se refieren a las mismas inteligencias superiores que rigen todo lo creado; les hemos llamado ángeles, en la India milenaria les llamamos “Resplandecientes” (Devas) y, sin duda alguna, son los mismos dioses egipcios, mayas, aztecas, incas, persas, etc.

Todo lo que se manifiesta en la naturaleza, tanto el movimiento de un átomo, como el movimiento de los mundos y las mismas actividades humanas, todo tiene un principio divinal inteligente dirigiéndolo y organizándolo.

Almena de Tláloc. [MNA. Foto Ismael Moreno ICQ]

Almena de Tláloc. [MNA. Foto Ismael Moreno ICQ]

La naturaleza tiene principios directrices que la gobiernan; los volcanes, terremotos, sequías, inundaciones, clima, ríos, mares, océanos, nubes, nacimiento de plantas, etc., todo lo que es, ha sido y será, está dirigido por estos maestros espirituales.

No podía ser de otra forma, si la naturaleza tiene una mecánica, tiene que tener mecánicos que la organicen; seres inefables, más allá del bien y del mal.

No hay que extrañarse entonces, que en plena era en que se estudia con tesón lo infinitamente pequeño, como lo infinitamente grande, que hablemos del dios Tláloc, no como un mito, alegoría o simbolismo, sino como una realidad palpitante.

Tláloc, como maestro, es un ser que en su momento superó todas las limitaciones humanas, se liberó de todas las cadenas esclavizantes que nos aquejan, despertó completamente su conciencia; es un ser iluminado, un individuo esplendoroso como el ángel Gabriel del cristianismo. Seres que están más allá del bien y del mal, criaturas perfectas.

El orden que tiene la naturaleza, nos habla de que existen seres inefables rigiéndolo, no puede existir tanta perfección en los procesos de la naturaleza sin que existan principios inteligentes interviniendo. Tales maestros se especializan en alguna tarea y el maestro Tláloc se encarga, junto a otros maestros, de gobernar y dirigir las aguas del mundo.

«Así pues, que todos esos deidusos de nuestro país tienen existencia real; en el fondo vienen a simbolizar exactamente lo mismo que las deidades cristianas: Recordemos que en el cristianismo tenemos ángeles, arcángeles, serafines, etc., etc., etc., así también, nuestros antepasados tenían sus cortes angélicas. Incuestionablemente, todos los deidusos de nuestros antepasados, eran ángeles; son los mismos ángeles del cristianismo. Bien vale la pena que reflexionemos en todo eso. (Samael Aun Weor. Entrevista por televisión en la ciudad de San Luis Potosí, S.L.P., México)»

Estos iniciados que gobiernan todo lo que sucede en la naturaleza no hacen las cosas a su capricho, todo está sujeto a la ley de causa y efecto o ley del karma; cada sequía, inundación, granizo o agua que hace fertilizar la tierra a tiempo, es el resultado de complicadísimas ecuaciones matemáticas, trabajos arduos y difíciles; pero, al fin, es el resultado de lo que cada individuo, grupo, pueblo o nación, por sí mismo, ha sembrado con su conducta.

Muchas veces, uno tiende a maldecir o blasfemar tratando de echarle la culpa a estos seres, de nuestros errores y abusos. Es realmente disparatado echar nuestros drenajes y residuos industriales a los ríos, mares y océanos, como lo es construir casas en donde van los lechos de los ríos, por lo que las consecuencias no son culpa de los maestros, sino resultado de nuestra ignorancia, imprudencia y, sobre todo, ambición.

En un papiro egipcio llamado Nebseni, existe una confesión negativa, donde el iniciado declara que no ha delinquido; entre una de sus cuarenta y dos negaciones dice claramente: “Yo jamás he ensuciado las aguas”, es claro, que en estos días hacemos todo lo contrario y el resultado de atentar contra la naturaleza siempre es desastroso.

Un texto similar, pero en otro papiro egipcio (el papiro de Nu), nos dice: "No he obstruido las aguas cuando debían correr". "No he deshecho las presas puestas al paso de las aguas corrientes.” “No he apagado la llama de un fuego que debía arder", estas enseñanzas antiguas nos señalan con precisión las alteraciones que estamos cometiendo en contra de nuestra madre naturaleza.

Un Rey Angélico

Dentro de los coros angélicos que habla el cristianismo (ángeles, arcángeles, principados, virtudes, potestades, dominaciones, tronos, querubines y serafines), tienen su equivalente en la cultura hebrea, en la enseñanza del árbol de la vida. La naturaleza y el universo, están constituidos en diferentes dimensiones o universos paralelos, cada dimensión está gobernada por un coro de seres divinos.

Sacerdote con vestimenta de Tláloc. [Cacaxtla México Foto: Virgilio Cuautle, ICQ]

Sacerdote con vestimenta de Tláloc. [Cacaxtla México Foto: Virgilio Cuautle, ICQ]

El mundo vital está dirigido por los Cherubim de la cultura hebrea o ángeles del cristianismo; el astral, por los Beni Elohim (arcángeles); el mental, por los Elohim (principados); el causal, por los Malachim (virtudes); el mundo del alma, por los Seraphim (potestades); y el mundo del íntimo, por los Hasmalim (dominaciones).

Siendo los que habitan en el plano causal, los que rigen la naturaleza, los elementales o criaturas inocentes que habitan en los elementos. Son reyes angélicos (devas) o Malachim, los maestros que rigen el mundo causal y, como consecuencia, toda la naturaleza. Su creación, su mantenimiento, las fuerzas que fluyen en cada planta, como en cada metal o animal, se rige desde el mundo causal o de la voluntad.

Aquí habitan los seres que se mencionan en la cultura hindú, tales como: Váruna (dios del agua), Kitichi (dios de la tierra), Parvati (dios del aire), Agni (dios del fuego); también los mismos que entre los aztecas se mencionan como: Huehueteotl (dios del fuego), Ehecatl (dios del aire), Coatlicue (diosa de la tierra) y, por supuesto, el maestro Tláloc (dios del agua).

Es posible ponerse en contacto con estos maestros, tal y como lo era antaño hacerlo. Los maestros no se han ido, más bien, nosotros los hemos olvidado, pero ellos siguen existiendo y tienen mucha más realidad que cualquiera de nosotros.

Cuando alguien, en forma sincera los llama, ellos acuden prontamente, pues es su misión ayudar a la humanidad. Desde luego, no pueden cumplir caprichos, ni hacer daño a nadie, pero sí podrán iluminarnos, darnos sabiduría y ayudarnos en nuestro trabajo interior.

Adoratorios

«Este dios tenía adoratorios en el Templo Mayor y en las cumbres de las altas montañas del valle de Tenochtitlán. Nunca faltó el fuego en sus altares. (Magia Crística Azteca. Samael Aun Weor)»

Adoratorios al dios Tláloc de azul y al dios Colibrí Zurdo (Huitzilopochtli) de rojo. Maqueta, [MAM]

Adoratorios al dios Tláloc de azul y al dios Colibrí Zurdo (Huitzilopochtli) de rojo. Maqueta, [MAM]

Son maravillosos y enigmáticos los lugares que fueron dedicados a la invocación del maestro Tláloc, en Tenochtitlan (en el centro de México, que ahora llamamos el Templo Mayor), lugar donde se establecieron los aztecas, existieron principalmente dos adoratorios: uno dedicado a nuestro señor “Colibrí Zurdo” (Huitzilopochtli) y otro al dios de la lluvia Tláloc.

Claro, no podría ser de otra forma, además de ser dos grandes iluminados, seres de perfección infinita, alegorizan las incesantes mezclas que deben operarse en el interior del laboratorio alquimista, nos referimos al fuego sagrado representado por el maestro “Colibrí Zurdo” (Huitzilopochtli) y las aguas puras de vida por el maestro Tláloc.

Tláloc y Quetzalcóatl en la Zona Arqueológica de Teotihuacan, México. [Fotos: José I. Mauricio ICQ]

Tláloc en la Zona Arqueológica de Teotihuacan, México. [Fotos: José I. Mauricio ICQ]

Tláloc y Quetzalcóatl en la Zona Arqueológica de Teotihuacan, México. [Fotos: José I. Mauricio ICQ]

Quetzalcóatl en la Zona Arqueológica de Teotihuacan, México. [Fotos: José I. Mauricio ICQ]

Igualmente, en la zona arqueológica de Teotihuacan (lugar donde los hombres se hacen dioses), vemos la misma enseñanza, pero aquí en el templo de “La Serpiente Emplumada” (Quetzalcóatl), símbolo del fuego, aparece entre conchas marinas y caracoles, alternándose con el rostro del dios de la lluvia (Tláloc), emblema del agua.

Entre los mayas, nos encontramos con la misma enseñanza, exactamente con sus equivalentes en esta cultura, y en el Templo de los Guerreros, en la zona arqueológica de Chichén Itzá, vemos majestuosamente al dios de la lluvia maya (Chaac) simbolizando el agua, junto a la “Serpiente Emplumada” (Kukulkán) representando el fuego sagrado.

Dios de agua maya (Chaac) y “Serpiente emplumada” Kukulkán. [Chichén Itzá México. Foto: Martha Rodríguez ICQ]

Dios de agua maya (Chaac) y “Serpiente emplumada” Kukulkán. [Chichén Itzá México. Foto: Martha Rodríguez ICQ]

En estos lugares tan sagrados, nos insisten en la misma enseñanza que los alquimistas sintetizaran diciendo con gran énfasis: “Hay que cocer, cocer y recocer y nunca cansarse de ello”.

No podía faltar adoratorios en las altas montañas, como es el caso del “cerro de Tláloc” (Tlalóctepetl, de tepetl que quiere decir cerro), situado a 4125 metros sobre el nivel del mar, el adoratorio más elevado de Mesoamérica.

Esta montaña sagrada es el emblema de las dimensiones superiores y del trabajo iniciático, ya que lo complicado que es el subir por sus propios medios una montaña siempre se le ha semejado con lo difícil que es el camino interior; se requiere muchos trabajos conscientes para transitarlo.

Los cerros también fueron asociados con Tláloc, no sólo por su significado esotérico en relación con la iniciación, sino también por su asociación con el agua, pues encima se ve que se forman las nubes y en sus cavernas puede manar el agua, como si fueran las montañas productoras de agua, claro que todo esto en conjunto los hace ver como lo que realmente son: sagrados, y entidades vivientes.

Cerro Tláloc, [Códice Borbónico]

Cerro Tláloc, [Códice Borbónico]

Tanto los mayas como los aztecas veían que cada elemento de la naturaleza tenía alma. Se pueden observar los glifos representando cerros, humanizándolos ya con ojos, boca, nariz, etc., para darnos la idea de que no son algo muerto, sino que la naturaleza es algo que tiene vida.