Llave 04

Llave no. 4 de Basilio Valentín.

La alquimia pertenece a la humanidad desde su origen. Representa el trabajo en el laboratorio interno del ser humano hacia el logro del “magnus opus”, la gran obra, la realización completa del ser humano, la iluminación budista, la salvación cristiana, el regreso del hombre hacia Dios.

El conocimiento de la alquimia era descrito en el antiguo Egipto, Mesopotamia, la antigua Grecia, en el mundo Islámico en la búsqueda de la “Piedra filosofal”, esa sustancia misteriosa capaz de convertir el plomo en oro y conceder la inmortalidad.

En la medicina hindú ayurvédica, se describe en el “Rasa” o mercurio.

Es el “chintamani” de los budistas, en poder sólo de los seres iluminados encaminados en el sendero del Buda; se le representa en los lomos del caballo viento y es lo que significan las banderas de oración tibetanas que ondean al azote del viento en las montañas, con su mensaje eterno y oculto a la mirada profana.

La química moderna debe muchísimo a la búsqueda de la Piedra filosofal. Cuando los investigadores se dieron a la tarea externa de encontrarla movidos por la ambición por el oro.

Sin embargo, la alquimia es posible aquí y ahora en el laboratorio nupcial del hombre. En el seno de un matrimonio legítimo mediante la sublimación de las energías sexuales en el microcosmos hombre.

Es la transformación del animal hombre en el súper hombre, convirtiendo los metales pesados de las bajas pasiones, en el oro de la virtud y en la creación de vehículos superiores por encima del mortal cuerpo físico, que le conceden al hombre conciencia y existencia en otros planos del universo.

Durante la edad media en nuestra región occidental, hubo un florecimiento febril de la alquimia, que se puede rastrear en textos de Paracelso, Cagliostro, Bacon, etc. Hasta Isaac Newton, cuya pasión por este conocimiento oculto fue tan grande como por la física, la que plasmó en escritos poco conocidos sobre la biblia, teología, e incluso sobre el templo de Salomón.

De entre la noche de los siglos aparecen las Doce Claves de Basilio Valentín, un monje de la Abadía de San Pedro en Austria, alquimista, quien viviera en el siglo XVI de nuestra era. Se publica en 12 láminas de cobre alrededor del año 1600, en forma alegórica, simbólica, desafiando magistralmente a la santa inquisición que prohibía cualquier difusión de esoterismo.

Explica los elementos de la alquimia, la sal, el azufre y el mercurio en el proceso de transmutación de metales pesados en oro en el laboratorio de cada ser humano.

Nos ocupa la cuarta lámina, que calza la siguiente explicación simbólica:

“Toda carne aquí abajo, proviene de la tierra, al cabo de poco tiempo retornará a cenizas; la sal saldrá de allí, por medio de la cual reaparecerá al día la carne así disuelta, tú que de esta manera quieres ver las formas pasadas, entrega a la sal a la vez el azufre y el mercurio”.

El laboratorio de la alquimia que exponen las doce claves de Basilio yace en la unión sexual entre hombre y mujer en un matrimonio legítimamente constituido

La lámina número cuatro, muestra a un esqueleto sobre un ataúd, representando a la muerte de lo caduco y decadente.

“Si quieres ver las formas pasadas, y resurgir de la muerte entrega a la sal, a su vez al azufre y el mercurio”

Un árbol seco, muerto y cortado al lado derecho, representa al azufre arsenicado o azufre venenoso del que está compuesto nuestro cuerpo; el esqueleto muestra al mercurio seco, que es en forma concreta el ego animal del hombre, los cuales deben morir y descender a la tierra

“La sal saldrá de allí, por medio de la cual reaparecerá al día la carne así disuelta”

El oro se va fijando gradualmente por el antimonio, que es una parte de nuestro SER, en los cuerpos existenciales superiores, en la medida en que eliminamos al yo psicológico, el mí mismo, el ego, la causa de nuestra naturaleza pecadora.

Así, la sal disuelta del organismo reaparece del sepulcro.

Conforme se purifica el mercurio seco y el azufre arsenicado, que constituyen el fuego infernal, se cristaliza el oro en los vehículos superiores del ser, de los cuales carece el hombre, logro último de la alquimia.

La sal, el azufre y el mercurio mezclados, forman el vitriol o Piedra Filosofal (mercurio azufrado y sal sublimada) El excedente de ese vitriol cristaliza en las células del cuerpo humano como cuerpo astral; y en octavas superiores, en todos los vehículos existenciales superiores del Ser.

El azufre es el fuego sagrado del espíritu santo, la energía sexual contenida en las gónadas del ser humano, que se ve en la lámina al lado izquierdo, como una vela encendida.

El azufre fecunda a las aguas de la vida, al mercurio, el alma metálica del esperma que parece en parte superior de la lámina, como un lago de aguas claras.

A un lado, un árbol verde que representa el renacer, a su vez afuera del templo – hombre con su edificación completa (todos sus cuerpos)

La sal, como componente de las secreciones del ser humano, y como símbolo alquímico de la carne y la sustancia de las cosas, se muestra en la lámina con la muerte de cuerpos decadentes y del ego animal que descienden a la tierra con la muerte.

“Para que, al día, la carne así disuelta aparezca de nuevo”

El ave de fuego renaciendo de sus propias cenizas en los cuerpos de oro del hombre solar. Resultado del mercurio fecundado por el fuego. Solo con la muerte adviene lo nuevo.

La sal disuelve, coagula y fija al mercurio y al azufre; el antimonio impregna al oro en el organismo humano, naciendo en nosotros el niño de oro de la alquimia en los cuerpos existenciales superiores del Ser

Toda esta descripción tiene una finalidad práctica, real y cruda en nuestras vidas. Es algo que podemos realizar en nuestra existencia, aquí y ahora dentro del laboratorio de nuestro organismo y psicología, convertir el plomo en oro.

No se trata de un conocimiento etéreo, vago, ni mucho menos reservado para algunos pocos. Es una posibilidad real, aquí y ahora, dentro de cada uno de nosotros; en cada barrio, en cada oficina o mercado, en la pobreza o en la riqueza, en cualquier rincón del mundo.

En el matrimonio se encuentra la tabla de salvación. En la unión sexual hombre - mujer yace el laboratorio alquímico, la iglesia de Roma, del amor, donde el plomo se transforma en oro.

La edad media pasó, el conocimiento no es velado, prohibido, esotérico u oculto. Mucho menos sectario o fanático.

Cada uno elija su camino “a cada uno con su capacidad” Mateo 25: 15

“Así que todo lo que ustedes han dicho en la oscuridad se dará a conocer a plena luz, y lo que han susurrado a puerta cerrada se proclamará desde las azoteas” Lucas 12: 3.

Enviado por: Rafael Merazo.

Llave no. 4 de Basilio Valentín.

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