Jesús en el Templo de Heliópolis

Museo Egipcio, El Cairo. Foto: Rubén Santamaría.

Museo Egipcio, El Cairo. Foto: Rubén Santamaría.

El templo de Heliópolis en Egipto es un templo de misterios en donde el Gran Kabir Jesús se preparó para lograr grados de perfección.

Jesús el Cristo hecho hombre nos enseña el camino que debemos seguir para regresar al lugar de donde venimos. Toda la pasión del drama cósmico que sufrió es la enseñanza que nos dejó para que los hombres y mujeres también lo trabajen y recuperen todo lo que han perdido.

En el templo de Heliópolis, Jesús el Cristo, tuvo que pasar muchas pruebas para obtener la maestría. Nosotros también debemos anhelar el camino recto y buscar la entrada de este templo para trabajar en los grandes misterios. Son muchas las pruebas que se tienen que pasar y si queremos eliminar los agregados de tipo psicológico que cargamos dentro, necesitamos entregarnos por completo al Cristo interior.

Para ello, es importante hacernos atletas de la meditación porque es el pan diario de todo verdadero aspirante a la Sabiduría. Este trabajo es interno, debemos hacerlo con constancia y tenacidad.

El maestro Jesús conocía a fondo los misterios del Egipto secreto, pues estuvo preparándose en ese lugar.

En la ciudad sagrada de Heliópolis, la ciudad del sol entre los griegos es una de las más famosas ciudades egipcias de todos los tiempos, conocida como Lunu que significa pilar. En Egipto es donde hay un templo para que los iniciados puedan trabajar en los misterios mayores siempre y cuando ya estén preparados.

Este trabajo no es fácil, porque: “Angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la luz y muy pocos son los que lo hallan”. Biblia Reina Valera, 1960

“Entre miles de hombres, tal vez uno intenta llegar a la perfección; entre los que intentan, posiblemente uno logra la perfección, y entre los perfectos, quizás uno me conoce perfectamente» (Versículo 3 Capítulo VII Bhagavad Gita).

“De mil que me buscan, uno me encuentra; de mil que me encuentran, uno me sigue, de mil que me siguen, uno es mío”. Jesús el Cristo.

Entre las pruebas preliminares se encuentran las de los cuatro elementos. Primero fue la prueba de fuego, que consistía en atravesar un salón en llamas, el piso está lleno de vigas de acero encendidas al rojo vivo; muy estrecho era el paso entre aquellos tirantes de hierro ardiente, apenas había espacio para poner los pies. Había que controlarse para no quemarse.

A continuación, le realizaron las pruebas del aire; había una argolla de acero enclavada en la roca, al fondo sólo se veía tenebroso el horripilante precipicio, sin embargo, el maestro Samael salió victorioso en esta prueba.

Luego vino la prueba del agua, si no hubiera sido por las conjuraciones mágicas, habría sido devorado por los cocodrilos que custodiaban el lago.

En la prueba de la tierra, vio con indiferencia dos moles que amenazaban su existencia cerrándose para reducirlo a polvareda cósmica.

Museo Egipcio, El Cairo. Foto: Rubén Santamaría.

Museo Egipcio, El Cairo. Foto: Rubén Santamaría.

Muchos aspirantes perecieron en estas pruebas, pero el maestro Samael salió victorioso.

Estas pruebas tienen el siguiente simbolismo:

La prueba del fuego nos dice que debemos “Tener serenidad y dulzura de carácter.” Hay que ser pacientes, no enojarnos, tampoco tener ira.

En la prueba del aire, “No desesperarse ante la pérdida de algo, ante las cosas y las personas.” Cultivemos el amor, pero no hay que tener apegos.

En la prueba del agua: “Hay que adaptarnos a las diferentes circunstancias de la vida”. Esto es no quejarnos de que todo nos molesta.

Y por último en la prueba de la tierra: “Debemos aprender a sacar partido de las adversidades de la vida”. Buscar el lado positivo de esas adversidades.

Después fue recibido en el colegio iniciático, se le colocó de manera solemne la túnica de lino blanco de los sacerdotes de Isis y en el pecho le colocaron la cruz tau egipcia.

Jesús el Cristo, también acudió al templo de misterios mayores, pidió permiso a los Grandes maestros, llamados hierofantes para acceder a esta escuela de misterios. Nosotros debemos seguir su ejemplo, si es que queremos la iniciación.

En la tierra de Egipto ingresó al templo de misterios como un estudiante. Se le entregaron los primeros papiros para que los estudiara. Allí fue donde recibió grandes enseñanzas y obtuvo el más alto grado de El Cristo.

Después de haber recibido todas estas enseñanzas, Jesús el Cristo las trasmitió a la Humanidad. Estas enseñanzas son para que nosotros trabajemos con el objeto de que advenga el Cristo en nuestro corazón para transformarnos radicalmente.

El Cristo es el logos solar, es la unidad múltiple perfecta, el Cristo no es una persona, como muchos creen, o un Dios antropomórfico de estatuas y dogmas inquebrantables. El Cristo es la vida que palpita en el Universo entero, es lo que es, lo que siempre ha sido y lo que siempre será.

Se requiere representar en nosotros el drama cósmico para que el Cristo nazca en nuestro corazón. El Gran Kabir Jesús de Nazaret, tuvo que representarlo en este mundo físico, en tierra santa.

Este drama cósmico está señalado por los cuatro evangelios que menciona la Biblia.

Aunque en navidad, nazca en Belem el Cristo mil veces, no servirá de nada porque tiene que nacer en nuestro corazón también: “Al que sabe, la palabra da poder, nadie la pronunció, nadie la pronunciará, sino solamente aquel que lo tiene encarnado”

Jesús murió y resucitó al tercer día, pero esto de nada sirve, si no morimos y resucitamos nosotros también.

El fuego que se le presentó a Moisés en la “zarza ardiente” en el Monte Sinaí, entregándole el decálogo (Éxodo III, 2), nos viene a representar a Dios que se le apareció a Moisés, cuya presencia siempre se ha revelado de manera ígnea.

Juan el apóstol describe a Dios, como dueño del Universo en el Apocalipsis IV, 3-5 bajo la figura de un ser de jaspe y de color llama.

San Pablo en su Epístola a los hebreos le dice: “Nuestro Dios es un fuego Devorador”. Lo mismo el Cristo Íntimo es el fuego celestial, que también debe nacer en nosotros. Este debe ser el acontecimiento más importante en nuestro trabajo espiritual.

Para que esto suceda, necesitamos haber avanzado en nuestro trabajo psicológico, haber eliminado nuestros agregados de tipo psicológico que cargamos. El ego ejerce control sobre nuestros cinco centros inferiores de la máquina humana.

Museo Egipcio, El Cairo. Foto: Rubén Santamaría.

Museo Egipcio, El Cairo. Foto: Rubén Santamaría.

Estos cinco centros son: intelecto, emoción movimiento, instinto y sexo. Los otros dos son centros superiores del ser humano que corresponden a la conciencia Cristo, se le conocen en ocultismo como mente Cristo y astral Cristo. Estos dos centros superiores no pueden ser controlados por el ego.

Todo aquel que quiera disolver el yo, debe estudiar sus funcionalismos en los cinco centros inferiores.

Cada uno de estos cinco centros inferiores tiene todo un juego complicadísimo de acciones y reacciones. El ego trabaja con cada uno de estos cinco centros inferiores y solo comprendiendo a fondo todo el mecanismo de cada uno de estos centros podremos disolver el ego.

En la vida práctica dos personas reaccionan diferente ante una representación: la que es agradable para una persona, puede ser desagradable para otra. La diferencia está muchas veces en que una persona puede juzgar y ver con la mente y otra puede ser tocada en sus sentimientos.

Debemos aprender a diferenciar la mente del sentimiento. Una cosa es la mente y otra el sentimiento.

En la mente existe todo un juego de acciones y reacciones que debe ser comprendido. En el sentimiento existen afectos que deben ser crucificados, emociones que deben ser cuidadosamente estudiadas y en general todo un mecanismo complejo acciones y reacciones que fácilmente se confunden con las actividades de la mente.

Este trabajo es un proceso integral que consiste primero en la auto observación psicológica para descubrir nuestros defectos; así como estudiar nuestros sentimientos y pensamientos.

Defecto descubierto, lo llevaremos a la meditación para su comprensión.

En meditación, lo estudiaremos y analizaremos para conocer sus raíces, sus estructuras, mecanismos de acción, cómo están compuestos, cómo afectan a nuestros centros de la máquina humana, sus relaciones con otros defectos, sus consecuencias dañinas, etc., en todos los niveles de la mente.

Previa comprensión del ego, le solicitamos a nuestra Madre Divina que lo desintegre con la oración consciente devoción y fe. A este trabajo se le llama el blue time o terapéutica del reposo. Esto lo debemos realizar con trabajos conscientes y padecimientos voluntarios.

Posteriormente, el Cristo íntimo debe eliminar de nuestra naturaleza psicológica, las mismas causas del error, es decir, nuestros yoes-causa, sin el no sería posible la disolución de esos yoes causa. En este trabajo de la disolución del ego, necesitamos entregarnos por completo al Cristo Interior. Es importante que “A Dios rogando y con el mazo dando”

El Cristo íntimo es el fuego del fuego, lo puro de lo puro. Este fuego nos envuelve por todas partes ya que llega a nosotros por el aire, el agua y la tierra, que son sus vehículos.

Este fuego celestial debe cristalizar en nosotros, es el Cristo íntimo, nuestro salvador Interior profundo.

Bibliografía: “La Gran Rebelión” caps. 23 y 24. Mi Regreso al Tíbet, cap. 12 y 24

Enviado por: Elaborado por Carlos Rea Zamora y Ma. Guadalupe Inclán Castillo

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